Las centenarias piedras de la madrileña Fuente de la Cibeles


 

 

 


Fuente: Francisco Cañete Paez

 

 

 

En una muy fría mañana de finales de Noviembre de 1978, y al frente de una Patrulla Militar de Reconocimiento, hacía mi entrada en el pueblecito toledano de Montesclaros, estableciendo en sus inmediaciones mi puesto de mando y el vivac militar de la patrulla. Tenía por delante siete días de duros, a la par que estimulantes, trabajos que daban comienzo con la incipiente luz crepuscular, cuando el sol aún no había iniciado en forma tímida su salida y finalizaban en su ocaso. Aún así, este servicio de “Jefe de Patrulla de Oficial” (considerado por el mando como “de Libre designación”) era uno de los que mas nos gustaba a los tenientes, encargados normalmente de su prestación. Con una semana de duración, en contacto directo con la naturaleza,  consistía básicamente en la realización de una serie de trabajos en el campo, con levantamientos topográficos, reconocimiento del terreno y rectificación de itinerarios, marchas a la brújula, etc. Completado todo ello con abundante material fotográfico sobre objetivos de indudable interés militar,  así como puntuales anotaciones en nuestra “Libreta de Campaña”, que al final de la misión habríamos de volcar en una muy documentada MEMORIA, a remitir a la Capitanía General respectiva. Un trabajo duro, como digo, pero muy bonito, que permitía al Oficial-Jefe de Patrulla refrescar sus conocimientos profesionales, adquiridos tras su paso por los distintos Centros de Formación Militar, a la par que desarrollar su propia iniciativa poniendo a prueba sus dotes como profesor y conductor de hombres.

A mi llegada a Montesclaros me encontré con un pequeño y bello pueblo que debe su nombre a la blancura de sus montes cubiertos de blanca caliza; con una población cercana a los 500 habitantes  y distante 98 Kms. de la capital imperial. Partido Judicial de Talavera de la Reina, hoy día, con la mejora de las carreteras, se puede comunicar en muy buenas condiciones con Arenas de San Pedro y otros lugares típicos de la Sierra de Gredos. Su historia se pierde en la noche de los tiempos. Dícese, que ya en el Siglo XIV, por sus montes cazaba el Rey Alfonso XI de Castilla. En el Siglo XVI pertenecía al Señorío de los Mendoza, por su título de Marqués de Montesclaros creado por Carlos I en 1530 a favor de Don Rodrigo de Mendoza y Luna, Caballero del hábito de Santiago. En esa centuria se terminó la construcción de su iglesia junto con su torre ojival y se levantó el “Rollo Jurisdiccional” de villazgo, que aún hoy puede contemplarse en su primitivo emplazamiento en el centro de la plaza del pueblo. En sus proximidades se encuentran unas canteras de magnífica piedra berroqueña muy apreciada y utilizada en la construcción de sillares así como de famosos y esclarecidos monumentos.

Y llegados a este punto, mis amables lectores se preguntarán de inmediato, que relación guarda el bello pueblecito de Montesclaros, donde el entonces Teniente Cañete puso su puesto de mando en una mañana de Noviembre de 1978, con el enunciado del presente artículo, que trata sobre las centenarias piedras con que los escultores Francisco Gutiérrez y Roberto Michel, según el proyecto diseñado por Ventura Rodríguez, esculpieron en 1782, las mitológicas figuras que componen la famosísima y madrileña Fuente de La Cibeles. A ellos he de decirles, que la relación de Montesclaros con la Fuente de La Cibeles es mucha, muchísima diríamos más bien, como podrán comprobar de inmediato si me hacen el honor de seguir leyendo el siguiente relato que a continuación describo.

LA VILLA DE MADRID AL INICIO DEL REINADO DE DON CARLOS III
Anonadado, por no decir horrorizado, debió quedar la Católica Majestad de Carlos III, cuando el año 1759, al tomar posesión del Trono de España, tras la muerte de su hermano (de padre) Don Fernando VI, sentó sus reales en la Villa y Corte de Madrid, capital de su nuevo Reino.

El Monarca, que acababa de llegar de Nápoles, acostumbrado como estaba a la belleza monumental y artística de las ciudades italianas, se encontró en Madrid a una ciudad sucia hasta decir basta, donde ganado y transeúntes se mezclaban juntos en el deambular diario por las plazas y calles madrileñas.  Calles sin vestigio alguno de alcantarillado y sin pavimento de ningún tipo, donde el barro y el polvo formaban una amalgama consustancial con el paisaje, y no siendo raro en absoluto que al viandante le sorprendiese un chapuzón de aguas fétidas, arrojadas desde un ventanal cualquiera, y a cualquier hora del día o de la noche, precedidas, eso sí, del grito de ¡agua va!. Calles sin apenas luminarias, salvo la pequeña luz que arrojase las velas o lamparillas de algún altar u hornacina con alguna imagen venerada por el pueblo madrileño. Oscuridad lóbrega, caldo de cultivo para todo tipo de asaltos, robos y pendencias.

Dispuesto el Monarca a acabar con este lamentable estado de cosas, así como paliar en lo posible el importante retraso urbanístico que sufría la capital de España, se rodeó de inmediato de un excelente equipo de arquitectos, como Juan de Villanueva, Ventura Rodríguez, el francés Roberto Michel, y sobre todo su predilecto el italiano Francisco de Sabatini. Asistido por sus ministros Aranda y Floridablanca, dividió S.M. la ciudad en ocho cuarteles o distritos y cada uno de ellos en ocho barrios. Mandó numerar las casas, ordenando de inmediato la limpieza y empedrado de las calles, prohibiendo arrojar inmundicias por las ventanas. Iluminó las calles con farolas y anuló el antiguo privilegio que tenían los frailes de San Antón (otorgado en tiempos de Don Enrique IV) de que sus cerdos pasearan libremente por las calles de Madrid, sin límite alguno, y que tenían convertida la Villa en un sucio muladar.  En el aspecto artístico y ornamental, figuran entre otras muchas creaciones de Carlos III: la Puerta de Alcalá, el Museo del Prado, la Casa de Correos, etc. y sobre todo la transformación del llamado Prado de San Jerónimo en uno de los paseos mas hermosos de Madrid, al dotarlo de nueve fuentes suntuosas, entre las que destacan las de Cibeles y Neptuno, esculpidas en  piedras de mármol montesclareño, cuyo difícil y accidentado traslado hasta la coronada Villa, así como la construcción de la primera de ellas (La Fuente de la Diosa Cibeles) es el objeto de las presentes líneas.

EL LARGO Y DIFÍCIL TRANSPORTE DE LAS PIEDRAS DE LA CIBELES DESDE LAS CANTERAS DE MONTESCLAROS A LA VILLA DE MADRID
Encargó Carlos III el ornato del Paseo del Prado así como la redacción del proyecto de unas fuentes que habían de embellecerlo, al Maestro Mayor de Obras del Ayuntamiento madrileño Don Buenaventura Rodríguez Tizón, mas conocido por VENTURA RODRÍGUEZ,  quien con su diestro y mágico lápiz trazó los diseños de la escultura de la diosa Cibeles, según un boceto con su leyenda manuscrita al pie, al que he tenido acceso, y que copiado a la letra dice : “Fuente de Cibeles para el Paseo del Prado, que se ha de colocar al extremo de la plaza que termina la calle de Alcalá. La estatua de la diosa, el carro, los leones y las yerbas del terreno, serán de mármol de Montes Claros. Escala gráfica en pies castellanos”.

El día 7 de Julio de 1779, se fijaron en las plazas y sitios mas concurridos de Madrid los carteles en los que se anunciaban las condiciones para la contrata y conducción de las piedras desde las canteras de Montesclaros hasta Madrid; aceptándose por el Ayuntamiento, con fecha 30 de Agosto de 1779, la propuesta formulada por el vecino de Madrid Don Pedro de Pálizza. El Sr. De Pálizza se comprometía a transportar con medios y personal a su cargo, así como el ganado de tracción correspondiente las 1138 arrobas de piedra berroqueña necesarias para la construcción de la fuente y escultura de La Cibeles, desde el bellísimo pueblecito de Montesclaros, en la provincia de Toledo, hasta la Villa y Corte de Madrid., con una distancia aproximada a recorrer de unos 152 Kilómetros. 

Cargada la piedra desde estas canteras de Montesclaros (de la extracción se encargó el oficial cantero Don Domingo Pérez), el día 1º de junio de 1780 se puso en marcha la caravana que había de conducirla hasta Madrid, dando así inicio a un difícil y muy complicado transporte de 92 días de duración.  Desde Montesclaros llegaron al Río Guadyerbas por el camino viejo de Talavera. De allí, siguieron el curso del pequeño río ( se suele secar en verano) y llegaron hasta Velada, donde se vieron en la necesidad de comprar madera, que les fue vendida por el administrador del Conde de Altamira de Velada. Para pasar el Río Guadyerbas tuvieron que utilizarse quince carros de madera de pino para que pudieran deslizarse las cureñas, ascendiendo a 1623 reales de vellón el importe dela cantidad de madera que se estropeó y quebrantó en dicho paso.  Por fin ( y al objeto de no extenderme demasiado en las múltiples vicisitudes habidas durante el largo trayecto) tras 92 días de sudores y fatigas, el día 1º de Septiembre de 1780, la caravana de Don Pedro de Pálizza, que conducía la piedra para esculpir la escultura de la diosa Cibeles y construir el ornato de la fuente, llegaba a la Villa y Corte de Madrid.

DISEÑO Y ESCULTURA DE LA DIOSA CIBELES Y CONSTRUCCIÓN  Y ORNATO DE SU FUENTE
No bien hubo tenido conocimiento el Rey Don Carlos III de que las piedras para la construcción y escultura de la  Fuente de Cibeles habían llegado a la capital del Reino, cuando de inmediato ordenó al Maestro Mayor Ventura Rodríguez, que bajo su dirección y según el proyecto por él diseñado, se diera inicio a la obra.

La escultura sedente de la diosa Cibeles, hija del cielo y de la Tierra, esposa de Saturno y madre de Neptuno, Júpiter y Plutón, se llevó a efecto por los insignes escultores Francisco Gutiérrez y Roberto Michel. Gutiérrez esculpió la estatua y se encargó de la ejecución de las ruedas del carro de la diosa (trabajos por los que cobró sesenta mil reales de vellón), mientras que Michel, se ocupó de esculpir los dos magníficos leones que tiran del carro, abonándosele por su trabajo la suma de setenta mil reales. Los adornos del carro y demás exornos se debieron a Manuel Ximénez, quedando la fuente con su bella escultura totalmente terminada el 21 de Octubre de 1782.  Situada en su primitivo emplazamiento del Paseo del Prado, el 31 de Diciembre de ese mismo año se colocó a su alrededor una faja de empedrado de diez pies de ancho para su mejor protección, pues en un principio la fuente quedó  instalada a ras del suelo, a cuyas aguas acudían a beber las caballerías que pasaban por sus alrededores.

En 1791 el arquitecto Juan de Villanueva talló las figuras de un oso y un dragón, símbolo de las armas antiguas de la Villa de Madrid, y las colocó en la fuente junto a la diosa, en un lugar que no me ha sido posible identificar, pues en las muchas fotos y grabados antiguos que he examinado de la Cibeles, en ninguno se observan dichas figuras. Yo  creo que  el oso y el dragón debieron desaparecer de la fuente a finales del Siglo XIX, pues está debidamente comprobado, que al trasladar la fuente a su actual emplazamiento en 1.895, dichas figuras ya habían desaparecido del conjunto ornamental de la misma.  En ese mismo año, y poco antes de su cambio de emplazamiento, se agregaron a la estatua dos amorcillo (niños o angelotes) bellamente tallados por los Señores Trilles y Parera, abrazados el uno a una concha marina y el otro a un ánfora, que situados a espaldas del carro de la diosa hoy se conservan perfectamente.

CONCLUSIÓN
Y ya para concluir mi artículo sobre esta emblemática fuente madrileña, solo me resta añadir que el día 15 de Mayo de 1895, Festividad de San Isidro, Patrón de la Villa, el Ayuntamiento madrileño en un acto de gran relieve popular, trasladó la Fuente de la Cibeles al emplazamiento que hoy ocupa, en el centro de la plaza que lleva su nombre, mirando hacia la calle de Alcalá y elevándola dos metros y sesenta centímetros sobre el pavimento. Y allí permanece como recién bajada del Olimpo, mostrando alegre su grácil silueta, viendo pasar los años, y aún los siglos, sin que los años pasen para ella, pues la buena calidad del mármol de Montesclaros ha hecho que la diosa soporte muy bien la intemperie y la contaminación ambiental. Y allí debe permanecer, siempre que esta ola vandálica que nos invade no la vuelva de nuevo a mutilar (como sucedió hace tan sólo unos años), para que la posteridad la contemple en toda su gran belleza, tal y como a nosotros nos ha sido dado el contemplarla.

 
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Montesclaros(Toledo)